miércoles, 12 de junio de 2013

0 Esclavas del poder, de Lydia Cacho (2010)



De Lydia Cacho, periodista mexicana, feminista y activista de los derechos de la mujer, se ha dicho de todo. Prácticamente no necesita presentación: su nombre y su trabajo son tan bien conocidos en México como en Estados Unidos, Europa y Asia. Es asesora de la Agencia de las Naciones Unidas para la Mujer, fundó un centro de atención a mujeres y niñas víctimas de la violencia, y ha recibido halagos de personajes tan disímbolos como el periodista Roberto Saviano y la actriz Angelina Jolie. La historia de cómo fue perseguida, torturada y encarcelada injustamente en represalia por sus investigaciones sobre la mafia de la pederastia y la pornografía infantil en México, que opera bajo la protección de la clase política de ese país, es ampliamente conocida, y provocó uno de esos raros momentos de indignación social generalizada.

Tras el episodio de su secuestro y encarcelamiento ilegal, Lydia Cacho continuó con sus investigaciones sobre la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual alrededor del mundo. En un auténtico trabajo periodístico, la activista recorrió los países en los que se concentra el tráfico de personas y la prostitución forzada, como Turquía, Israel, Japón, Camboya, Birmania y México, con el objetivo de encontrar y seguir las claves necesarias para entender mejor el origen, la dinámica y las consecuencias de estos crímenes. Los principales hallazgos de esos viajes están registrados en su libro “Esclavas del poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de niñas y mujeres en el mundo”.

Se trata de una impactante y reveladora investigación, que en poco tiempo se volvió bibliografía obligada para todos los interesados en documentarse en el tema. Aunque no se hace explícito, el libro podría dividirse en dos secciones. En la primera parte, y ciertamente la más valiosa, Cacho se avoca a documentar claramente la forma en que operan las redes de trata en diferentes países. Para ello obtuvo el testimonio real de activistas, funcionarios públicos, policías, pero principalmente de mujeres y niñas sobrevivientes de la trata y la explotación, e incluso conversó cara a cara con algunos tratantes y proxenetas. Además, disfrazada de novicia, de turista o de adicta al juego, se introdujo en los escenarios en los que día a día, miles de mujeres y niñas son forzadas a prostituirse (como zonas rojas, limites fronterizos, burdeles o casinos de lujo), para observar directamente la manera como los tratantes operan, generalmente bajo la protección del Estado o de algún poder fáctico.

En una segunda parte, la escritora desarrolla sus conclusiones y reflexiones sobre los diferentes elementos que en su conjunto dan origen, forma e incluso fortaleza a la trata de personas, como el lavado de dinero, la demanda de la prostitución, la naturaleza de los proxenetas, la militarización de las sociedades e incluso la misma lógica del capitalismo y de la globalización. Es claro que en esta sección no habla tanto la periodista, sino la feminista. Si bien estos capítulos contienen información valiosa y reflexiones muy interesantes, su lectura puede ser francamente trabajosa para quienes estén acostumbrados al trabajo académico, mucho más riguroso y con conceptos y metodologías ampliamente aceptadas. A diferencia del enfoque académico, o del periodismo que se limita a describir o revelar sus hallazgos, la exposición de Cacho en esta parte del libro es sumamente personal y pasional, lo que como se sabe, disminuye aún más la objetividad que de por sí ya es difícil lograr, por no mencionar que echa mano de conceptos poco utilizados, y por tanto difíciles de entender incluso para los lectores bien intencionados.

En suma, “Esclavas del poder” muestra tanto el lado fuerte como el lado más criticable de Lydia Cacho: por una parte, expone una investigación periodística de primer nivel, que puede y debe ser utilizada para crear conciencia, cultura, y para combatir con conocimiento crímenes tan horrendos y primitivos como la compra y venta de personas para su abuso sexual, y por la otra, hace manifiesto el punto de vista de un feminismo francamente recalcitrante, y algunas veces anquilosado, revela sus inflexibles posturas abolicionistas, y no escatima en denuestos mal disimulados que lanza contra las corrientes del feminismo menos maternalistas, a las que califica de ingenuas, cuando no de prestarse al juego de las mafias. En el balance, “Esclavas del poder” sigue siendo una lectura no sólo recomendable, sino importante para un mayor entendimiento de estos importantes temas.


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